La Bamba es quizás la canción mexicana más conocida en el mundo — gracias en parte a la versión de Ritchie Valens en 1958. Pero La Bamba es solo la punta del iceberg de una tradición musical extraordinariamente rica: el son jarocho, el género musical del sureste de Veracruz que nació en los siglos XVII y XVIII del encuentro entre tres mundos que el colonialismo forzó a convivir.
Tres raíces, un sonido
El son jarocho es hijo del mestizaje más complejo de la historia de México. Las poblaciones indígenas de la costa veracruzana — nahuas, totonacas, popolucas — aportaron ritmos, escalas y formas de concebir la música como práctica colectiva. Los conquistadores españoles trajeron instrumentos de cuerda: la guitarra, el arpa, el violín. Y los africanos esclavizados traídos para trabajar en las haciendas azucareras veracruzanas aportaron estructuras rítmicas, técnicas de percusión corporal y formas de interacción musical que transformaron todo lo demás.
La jarana, el instrumento central del son jarocho, es una guitarra pequeña de ocho cuerdas dobles cuya técnica de rasgueo tiene huellas claramente africanas. El arpa jarocha combina la tradición española del arpa con adaptaciones locales que la hacen diferente de cualquier otro arpa del mundo. El tarima — la tarima de madera sobre la que los bailadores zapatean — funciona como instrumento de percusión, con el cuerpo humano como baqueta.
El fandango como forma de vida
El son jarocho no se entiende fuera del fandango — la reunión comunitaria alrededor del canto, el toque y el baile que puede durar toda la noche. El fandango no es un concierto: no hay público ni artistas separados. Todos participan, todos aprenden, todos enseñan. Los músicos se turnan para tocar. Los bailadores se turnan para zaplear sobre la tarima.
Esta estructura participativa es lo que los documentalistas que han explorado el son jarocho encuentran más difícil de capturar. La cámara, por su naturaleza, separa a quien observa de quien participa. El fandango disuelve esa separación. Los mejores documentales sobre el género han resuelto este problema parcialmente siendo parte del fandango — poniendo la cámara en medio, no enfrente.
El renacimiento del son jarocho
A partir de los años 1970, el son jarocho atravesó un período de crisis: la cultura comercial de la televisión y la radio nacional marginalizó los géneros regionales. Pero a partir de los 1990, un movimiento de revival liderado por músicos como Los Cojolites y Mono Blanco devolvió el género al centro de la escena cultural de Veracruz.
Este renacimiento ha llegado hasta las comunidades mexicanas en Estados Unidos, donde el son jarocho se ha convertido en símbolo de identidad para jóvenes de segunda generación que encuentran en él una conexión con sus raíces que la cultura mainstream no les ofrece.
Los documentales sobre son jarocho son, en el mejor sentido, documentales sobre la resistencia cultural: la capacidad de un género musical para sobrevivir, adaptarse y renacer más rico de lo que era.
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